APARATOS ELECTRÓNICOS Y LA “PRESENCIA AUSENTE” DE LOS PADRES

aviary-image-1469483155502

Los bebés y niños pequeños son unos muy hábiles “lectores” del lenguaje no verbal de los adultos que les rodean, en especial, de sus figuras de apego. Como ellos aún no desarrollan completamente el lenguaje verbal (hablado), se basan exclusivamente en las señales no verbales de las personas (es decir, las miradas, los tonos de voz, las expresiones faciales, la postura corporal, la gesticulación de manos, etc.), para poder entender lo que éstas les comunican y lo que está sucediendo socialmente a su alrededor, y son capaces de detectar e interpretar sutilezas que a cualquier otro se le pasarían por alto, ya que su cerebro está ampliamente capacitado para esto. Por eso, muchos padres y madres se sorprenden al percatarse de que sus hijos, aunque tengan sólo algunos meses, parecen percibir y “darse cuenta” cuando ellos están nerviosos, o tristes, o enojados, aun cuando ellos han intentado no decir nada frente a los pequeños.

Por esta misma razón, es que los niños también perciben cuando tenemos “la cabeza en otra parte”, aunque estemos sentados a su lado; se dan cuenta, indudablemente, cuando no les estamos prestando la atención suficiente; cuando los estamos mirando, pero no los vemos; cuando los escuchamos sin captar lo que intentan comunicarnos; cuando estamos con ellos, pero sin estarlo en realidad. Y esa, es una experiencia bastante desalentadora, e incluso perturbadora, para los niños, ya que, no sólo les estamos entregando a medias la atención que tanto necesitan de nuestra parte, sino que, además, les estamos enviando mensajes contradictorios entre lo que aparentamos hacer, y lo que realmente estamos haciendo.

Esto mismo, es lo que suele suceder cuando estamos conectados a algún aparato electrónico (celular, tablet, ipod, incluso TV)  mientras estamos con nuestros hijos: estamos con ellos, pero al mismo tiempo, estamos conectados con decenas de personas más a través de las redes sociales, o seguimos enganchados con el trabajo, o estamos leyendo alguna publicación interesante, o viendo la teleserie, etc. Y, claro, todo esto no tiene nada de malo, pero cuando lo hacemos en el tiempo que, supuestamente, estamos dedicando a estar con nuestros niños, ellos lo notan y lo resienten. Y sus reacciones pueden ser variadas, según sus edades, personalidades y estilos relacionales, pero suele suceder que se aburran de esperar nuestra verdadera atención y tomen cierta resignada distancia (la que, probablemente, los padres no notaremos al estar inmersos en el universo virtual, o que incluso, agradezcamos); o pueden ponerse disruptivos y comenzar a hacer esfuerzos cada vez más insistentes e inadecuados para llamar nuestra atención (lo que, probablemente termine en llanto, en pelea,  en tirar algo o, en el mejor de los casos, en tirarse encima nuestro). Y a medida que crecen, puede que su reacción sea la de imitarnos, queriendo ellos también aislarse en ese mismo universo virtual, reacción que, desde luego, a nosotros también nos molestará en su momento, cuando seamos nosotros los que queramos conectarnos con un adolescente que no soltará su celular o su tablet.

Si queremos realmente pasar “tiempo de calidad” con nuestros hijos, tenemos que aprender a dedicarles tiempo de “dedicación exclusiva” para ellos: dejar las preocupaciones y aparatos de lado por unos momentos, para realmente “estar” con ellos con todos nuestros sentidos bien alertas: verlos a los ojos, escuchar sus balbuceos o sus historias, tocarlos y acariciarlos (¡con las dos manos!), estar atentos a sus gestos, a sus necesidades, etc. A esto se le ha llamado la “presencia presente” de los padres, y es una parte muy importante de la capacidad de construir vínculos de apego adecuados con nuestros hijos. Si nunca somos capaces de poner en práctica este tipo de conexión con ellos, estaremos dificultando, no sólo nuestra capacidad de vincularnos con ellos, sino que, también, su propia capacidad futura de conectarse verdaderamente con un otro.

Denise Astete Jorquera

Psicóloga infanto-juvenil, docente universitaria y mamá.

Directora del Centro Anidar