LA IMPORTANCIA DE LOS PRIMEROS AÑOS Y EL DESARROLLO CEREBRAL INFANTIL

Los primeros años son, probablemente, los más importantes en la vida de todo ser humano. Es en este corto, pero fundamental período, donde se sientan las bases para el posterior desarrollo físico, intelectual y socio-emocional de la persona.

La infancia ha sido objeto de estudio desde los inicios de la psicología y otras ciencias humanas, ya que, desde siempre se ha intuido e intentado demostrar, la importancia de las experiencias vividas en su transcurso. No obstante, no es hasta hace algunos años, con  la avanzada tecnología que ha hecho posible el desarrollo y auge de las neurociencias, que se ha podido demostrar este postulado.

Hoy se sabe, que el cerebro humano posee una capacidad única entre los seres vivos, que lo ha hecho capaz de adaptarse a las más diversas condiciones de vida en el mundo; esta es, su  NEUROPLASTICIDAD. Esto significa que, el cerebro humano es capaz de cambiar su estructura y funcionamiento en un alto porcentaje, de acuerdo a la cantidad y calidad de estimulación ambiental a la que esté expuesto, o lo que es lo mismo, a la cantidad y calidad de las experiencias que le toque vivir; esto, es lo que determina su alta capacidad de aprendizaje y por ende, de adaptabilidad a las tan diversas circunstancias de la vida.

El período de mayor plasticidad cerebral ocurre durante los primeros 3 años de la vida de un niño, ya que el cerebro se encuentra en pleno desarrollo, es decir, en pleno proceso de crecimiento neuronal y formación de conexiones neuronales (sinapsis), así como también, y lo que es más determinante aún, de eliminación de estas conexiones. Desde antes del nacimiento, el cerebro ya ha comenzado este proceso, y al finalizar los dos años de vida, los cerebros de los niños son dos y media veces más activos que un cerebro adulto y continúan siendo más activos, aunque en menor proporción de diferencia, durante toda la primera década de la vida. Posteriormente, este proceso va disminuyendo gradualmente, hasta que, en el transcurso de la adolescencia se pierde casi la mitad de las sinapsis, quedando una estructura más o menos definitiva, que se mantiene relativamente constante por el resto de la vida.

Pero, el descubrimiento más importante, es el fundamental papel que juegan las experiencias ambientales vividas por el niño en este proceso de desarrollo cerebral. Es decir, que el proceso de formación y eliminación de conexiones neuronales, está fuertemente influido por los estímulos ambientales a los que esté expuesto el niño, ya que, aquellas conexiones que se crean y fortalecen, son aquellas que el niño va necesitando ocupar habitualmente durante su vida cotidiana; en cambio, aquellas que no se ocupan de manera suficiente, son las que van siendo eliminadas, para luego ser casi imposibles de restablecer en etapas posteriores de la vida. De este modo, podemos afirmar que, la cantidad y calidad de las experiencias que un niño vive en su día a día, influye de manera fundamental en el tipo de desarrollo cerebral que éste pueda alcanzar.

Pero, para que todo esto sea posible, también es necesario que nuestro cerebro parta desde una base muy precaria: es decir, para que nuestro cerebro pueda aprender de forma tan vertiginosa durante sus primeros años de desarrollo, necesita nacer con la menor cantidad posible de material innato y genéticamente determinado. En otras palabras, así como la mayoría de los animales nacen con una estructura cerebral más desarrollada, que les permite tener mayor cantidad de instintos y habilidades de supervivencia en el corto tiempo (caminar, alimentarse, entre otras), los seres humanos somos mucho más vulnerables a la hora de nacer, y necesitamos por mucho más tiempo de los cuidados de un adulto para poder sobrevivir autónomamente. De este modo, por varios años, la mayor parte de las experiencias a las que un niño pequeño está expuesto, dependen de los adultos que se encargan de su cuidado, ya que son ellos, los responsables de satisfacer sus necesidades básicas, fisiológicas y emocionales, y de mediar entre el niño y los estímulos ambientales a los que tendrá acceso, para bien o para mal.

Es por todo esto, que la labor de CRIANZA DE LOS NIÑOS se constituye como una tarea trascendental, tanto para el adecuado desarrollo de cada persona y su familia, como para la evolución de nuestra sociedad y nuestra especie.  Todos los niños dependen casi completamente de la forma en que sus padres, o adultos responsables, ejerzan su labor de cuidado y educación, o dicho de otra forma, de la forma como sean capaces de establecer y mantener el vínculo más importante de sus vidas, el de padres e hijos.

 

Denise Astete Jorquera

Directora Centro ANIDAR